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Es sencilla y casi obligada la recuperación del río EDO, en todo su recorrido y en el de sus afluentes, hasta la desembocadura en el río Sil. Era normal en otros tiempos observar algún pescador, desde el camino que corre paralelo al río, en el tramo comprendido entre a Ponte da Boga y Celeirón; y era frecuente que los chavales hiciesen un alto en el camino, a la espera de comprobar cómo el habilidoso artista sacaba alguna trucha del agua y la guardada en la cesta. Algunos de estos pescadores eran meros deportistas y destinaban sus presas a paparotas de amigos u obsequios a familiares mayores y delicados de salud. Había otros que eran profesionales y vendían el fruto de sus esfuerzos y correrías en bares o a familias más pudientes para celebrar algún acontecimiento. Eran constantes en esta actividad Juan, conocido con el nombre de CACHÁN y O ZORRITO. Ambos conocían el río en todos sus tramos y recovecos y lo recorrían muchas veces en el curso del año, empezando en Abeleda y subiendo hasta el Castro, a donde solían llegar con la cesta llena. Había otro pescador muy amante de este río EDO; era de Monforte, se llamaba Mario, era dueño de un bar, venía una o dos veces cada semana y llevaba suministro para algunos de sus habituales clientes que estaban esperando las truchas que llevaba Mario del río de Abeleda. No faltaba algún que otro pescador furtivo que colocaba “cuerdas”, al anochecer, y madrugaba para recoger sus presas antes de que el sol saliera; y los había también capaces de envenenar el río con turvisco previamente preparado en maceración, o con sulfato o con cloruro. Los estragos eran severos, pues morían peces grandes y pequeños; pero pronto recuperaba, porque solía afectar a tramos cortos del río. Había también algún veterano experto, muy conocedor del río y de los hábitos de truchas y anguilas, que sabían en qué lugares se ocultaban. Estos expertos utilizaban el procedimiento de pesca “à cachea”, consistente en buscar las truchas y las anguilas en su habituales refugios que el experto conocía o intuía, y que extraía con la mano, sin auxilio de ningún instrumento. El pescador “à cachea” era normalmente buen nadador, porque con frecuencia tenía que ir a buscar sus presas en la profundidad de pozos oscuros, “nadando ò sugurgullo”. Es claramente aplicable a estos pescadores la expresión “non se pillan as troitas cas bragas enxoitas”. Decían que alguna vez habían topado con una culebra, en lugar de trucha o anguila. Puede que no fuera cierto y que no fuese más que un truco del veterano para evitar la posible competencia de aspirantes novatos. Usaban también otro sistema para pescar anguilas: Al observar alguna quieta, en el lecho del río, intentaban clavarla con un cubierto, amarrado en la punta de una vara. A veces daba resultado. |
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